miércoles, 4 de noviembre de 2009

"San Martín y Yo"

De acuerdo a la publicidad distribuida por la Municipalidad Metropolitana, la Gran Semana de Lima es algo así como un espacio para que –en medio de variadas celebraciones- las familias se encuentren con sus símbolos y culturas. Así, una de las actividades que inicia esta serie es la exposición San Martin y Yo.

¿De qué trata esta obra? O mejor, ¿qué pretende ser ante los ojos de cientos de limeños?

No es una exposición de lienzos o de cuadros que se abren para que el visitante pueda henchirse de patriotismo, ni para que rememore las gestas del héroe. Tampoco son piezas interpeladoras que nos insten a cincelar nuestra historia y entender la vida de un San Martin - héroe y humano - cubierto de traje azul y cintillos rojos o enfundado de ropa hogareña.

Es una invitación simbólica. La obra está montada sobre la estatua de San Martin, tributo que data de muchos años en la plaza homónima y que, entre la amalgama de esa Lima Valdelomaresca, de los barrios populares y de la historia hecha de republicanismos y militarismos, entre el ropaje del polvo primaveral, se nos presenta vigente y metropolitana. Pero la obra quiere advertirnos algo: San Martin está a nuestra altura.

Sí: la estatua está rodeada por una laberíntica y ceñida escalera que, sin instrucciones, podemos ascenderla, sentir en cada peldaño una extraña mezcla de gravedad y horizontalidad. Una mutua advertencia entre el visitante y el héroe. Uno, dos, tres niveles y el rostro de San Martin montado sobre su caballo “blanco” nos observa con firmeza, con cierta fidelidad, con las pupilas filudas como la espada que lo escolta, blandida por su diestra. Sí, San Martin, el general, la fuerza de un grito que se llamó independencia, patria; un aliento que los petroaudios ahora pretenden “aceitar”.

Nos ubicamos a la espalda del héroe. La ironía del cuadro nos hace recordar el poema de Bertolt Brecht: hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que lucharon toda la vida y están empolvados, agregaríamos. Porque, ¿acaso ese polvo que trepa, irreductible, en el espaldar de nuestro recordado héroe, es el estado de su abandono estético o el abandono de sus consignas, de la “independencia”?

Seguimos.

Mordidas de luz mortecina ocultan el polvo, le otorgan al libertador un aura de perpetua revelación. Adquiere la figura de un oráculo que, frotado por nuestros cuestionamientos, nos sugiere revelaciones incompletas, preguntas de Zavalita, respuestas de barra brava. A pesar de ello, San Martin no se detiene, cabalga. Pero siempre nos parece que viene de lejos. Nuevamente sentimos que se desprenden racimos de preguntas: ¿será que la independencia en realidad llego de lejos, y con èlla, San Martin? Si la independencia hubiera nacido desde el Perú oprimido, ¿acaso tendríamos a San Martin cabalgando en ruta?

La instalación nos sigue acercando. Si el arte sometido a nuestra contemplación a la distancia, nos plantea ser sujetos monolíticos frente al objeto; aquí, ante la patria simbolizada, aquel principio de la modernidad occidental queda inerme: nos interrogamos, nuestra subjetividad se afecta frente al copernicano instante con San Martin: la distancia se desintegra.

A nuestra despedida, nos encontramos con una síntesis extraña: desde un primer momento el libertador advirtió la génesis de nuestra visita; y nosotros, creyendo ser simples observadores, de pronto nos encontramos entre la encrucijada de optar por el recuerdo o repensar nuestra relación con él y “la independencia”.

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